A veces las cosas no pueden salir perfectas y el mundo confabula para que así suceda.
Y da una sensación fea, un sabor agridulce difícil de sacar por más cosas sabrosas que probemos para revertirlo, por más optimismo que le pongamos para ver la mitad del vaso lleno.
Como cuando hay algo importante, una fiesta, una salida, un lugar donden tenés que estar linda. Estás impecable, encontraste el vestido ese que parece decir tu nombre, tiene tus medidas y se ajusta a tu cuerpo de manera más que satisfactoria.
Demostró, además, ese producto para el cabello dañado que los milagros sí existen; cuestan muy caros pero sí, existen y lo vas a lucir esta noche.
Y se te corren las medias, las úncas que tenés...
Y aunque consigas en farmacity ya te jodió bastante el momento.
Yo no voy a muchas fiestas, la verdad. No por lo menos a esas que requieren de un vestido despampanante y un peinado de peluquería. Además como no uso medias de nylon por lo menos ese problema no lo tendría. Seguramente sí se me aflojaría el taco, mancharía el costado del vestidito al ponerme desodorante y quién sabe qué desgracia más.
Pero esto puede transportarse a miles de situaciones. A continuación ejemplifico una de ellas.
Tenés ganas de tomarte un fin de semana de descanso, unos días con la familia en tu ciudad natal.
Cuatro horas de colectivo, $43 (cuatro horas dije? jaja, qué ilusa soy a veces), alguna charla en viaje, una caricia, un rato de siesta... por suerte es coche cama, bah, semi cama, mini butaca, mínimio espacio. Si el de adelante reclina su asiento, en caso de querer conservar tus piernas, tenés que hacerlo también.
Cuatro horas de colectivo, $43 (cuatro horas dije? jaja, qué ilusa soy a veces), alguna charla en viaje, una caricia, un rato de siesta... por suerte es coche cama, bah, semi cama, mini butaca, mínimio espacio. Si el de adelante reclina su asiento, en caso de querer conservar tus piernas, tenés que hacerlo también.
Entonces llegás, está calentito dentro del micro, te sentás, te relajás después de una semana intensa de laburo, arranca el viaje, vas a reclinar todo el asien...
Señor atrás del asiento de Roberto: uy, uy!! Pará, pará...
Roberto: eh?
Señor odiado: tengo el bolso.
Carolina con voz de buena: ahhh, y no lo puede poner en otro lado?
Señor encarnación del demonio: mmm, no. Arriba no entra... y en el pasillo va a molestar cuando alguien quiera bajar...
Carolina: ahhh, claro, es cierto. Así sólo lo molesta a él todo el viaje...
Roberto entregado: puede aprovechar en Liniers y lo pone abajo.
Señor no encarnación, sino el diablo mismo: nooo, abajo, no, me da no sé qué, llevo cosas importantes...
No haber aparecido en los diarios por matar a un hombre con una bufanda habla de mi gran autocontrol.
Después cuento el viaje de regreso.